
Siempre es un buen momento para empezar, no hay límites. El momento perfecto existe, todo el tiempo; aquí y ahora. Sólo hay que estar abierta a esas nuevas oportunidades.
Construir una carrera profesional lleva tiempo, constancia y muchas decisiones que no siempre se ven desde afuera. Y, aun cuando finalmente “llegamos”, aparece esa sensación silenciosa pero persistente: yo estoy para más.
Es ahí donde nace el deseo de crear algo nuevo. De repensarnos. De intentar condensar, en un programa de cuatro meses, veinte años de experiencia y trayectoria.
Pero justamente ahí está la clave —y también la trampa—: querer deshacer los años construidos. Borrar con liquid paper lo que ya está escrito. Empezar de cero, en lugar de integrar y potenciar.
La historia que traemos nos da identidad. Nos define.
Habla de cuántos logros alcanzamos, de cuántas caídas atravesamos, de cuántas veces tuvimos que borrar y empezar de nuevo. De esos momentos en los que dijimos “acá ya no puedo estar”.
Todo eso nos habla. Todo eso cuenta quiénes somos y de qué somos capaces.
Integrar es esencial para seguir creciendo.
Integrar es la memoria activa de nuestra experiencia: aceptar y reconocer que, para estar hoy donde estamos, tuvimos que recorrer todo ese camino.
Aceptar. Reconocer. Integrar.
Entender que no somos quienes somos hoy sin haber sido quienes fuimos antes.
Cada puesto que ocupamos dejó aprendizajes.
Cada jefe que nos maltrató nos fortaleció —aunque en su momento doliera—.
Cada renuncia fue, en el fondo, una declaración poderosa: estoy apostando por mí, porque soy lo más valioso de mi vida.
La vida se construye de momentos, y la profesión es parte de esos momentos.
Cuando logramos integrar lo que somos hoy con lo que queremos transmitir al mundo, la profesión deja de ser solo un rol y se convierte en una expresión genuina de quiénes somos.
Ahí aparece la pasión.
Y la pasión —como las carreras sólidas— no nace de un día para el otro. Se construye, se integra y se honra.